Cuando en su momento tratamos de definir con una frase redonda nuestro proyecto, se nos apareció como inspirada la siguiente: “Rioja, tradición es diversidad”.

Acaso la inspiración no lo fuera tanto, sino más bien un acto reflejo de auto protección: ¿puede haber algo de más diverso que un enólogo sudafricano elaborando vino de Rioja? Sin embargo no creemos que ésta fuera la chispa que nos llevara a conectar tradición y diversidad, sino otra de más enjundia; no propiamente un impulso de rebeldía, pero sí desde luego de afirmación. Afirmación de un proyecto que se sustenta en una negación: no debería ser que el vino de Rioja quede identificado, parametrizado, con un determinado tipo, en el que además el mayor peso de identificación, acaso incluso de mejora, procede de un elemento que en sí no es natural al vino –no es clima, no es suelo, no es planta-, como es la madera de las barricas en las que debe reposar. No puede ser, no debe ser, que la riqueza de la tierra del Rioja se vea de tal manera constreñida, y consecuentemente empobrecida. Una cosa son los parámetros de calidad y otra es la estandarización. No cabe pensar que sea la tradición la que haya conducido a esa tipificación.

Nuestro proyecto como se sabe es un proyecto joven, apenas hemos tenido tiempo de asistir aquí a siete vendimias, de elaborar siete cosechas. Sin embargo desde el principio nuestra actuación ha quedado establecida: tratar de reflejar en nuestros vinos toda la riqueza y diversidad que la variedad de suelos, viñas y climas que hay en esta tierra -y obviamente que estén a nuestro alcance, cuestión esta última no menor-. Por descontado, más bien por obligación, habremos de utilizar elementos artificiales –el hormigón, el acero inoxidable, la madera-, pero en ningún caso éstos deben definir el vino, ni alterar sus propiedades naturales; todo lo más deben contribuir a realzarlas, a hacerlas más perceptibles.

Afortunadamente hace poco ha caído en nuestras manos un libro publicado en el año 2017 por el Gobierno de la Rioja con el título “Variedades minoritarias de vid en La Rioja”, a cargo de Pedro Balda y Fernando Martínez de Toda, en el que esperanzadoramente hemos visto confirmada científicamente nuestra aspiración.

 

variedades minoritarias de vid en la rioja

 

Se recoge en él lo que seguramente representa la parte más amable de la tesis doctoral que el primero, doctor, realizó en el año 2014, bajo la dirección del segundo, catedrático, y que nos dicen puede descargarse en el siguiente enlace de la Universidad de La Rioja: https://dialnet.unirioja.es/descarga/tesis/43838.pdf

En el Prólogo, suscrito por el Catedrático puede leerse:

“En general, en cualquier zona vitícola, hay dos tipos de vitivinicultura existentes. Uno, que podríamos denominar <tradicional>, trata de obtener un producto cada vez mejor, basándose en la cultura propia de la región, es decir utilizando variedades de vid tradicionales y típicas de su zona y buscando como producto final, un vino clásico, aunque mejor elaborado que antes. El otro tipo de vitivinicultura, que podríamos denominar <moderna>, busca un producto distinto, más acorde con los gustos internacionales actualmente de moda y utiliza variedades foráneas, ampliamente cultivadas en todo el mundo y no tradicionales en la zona en cuestión.

“Ambos tipos de vitivinicultura pueden producir vinos de alta calidad y, su principal diferencia radica en que, en el primer caso, estamos manteniendo la diversidad genética y cultural típica de nuestra cultura mediterránea y estamos elaborando un vino propio, particular y diferenciado del resto. Sin embargo…”

Fin de la cita, porque no es de nuestro interés atender a los males que aquejan a una vitivinicultura estandarizada para la venta, sino a la afirmación de nuestro principio: “Rioja, tradición es diversidad”. Y tanto es así, que páginas adelante, ya en la tesis, vemos retratada la presencia de Bryan en la “comunicación” de experiencias que ha conformado la tradición del vino de Rioja: “En el caso de La Rioja, una importante vía de comunicación la constituye el valle del Ebro y, en determinados períodos de su historia, también el Camino de Santiago. Esto ha permitido no sólo la llegada de muchas variedades de lejanos lugares sino también una importante circulación de ideas y de innovaciones vitícolas y enológicas.”

Claro es que participar de esa afirmación requiere participar de la idea de que la biodiversidad es riqueza, y de que la uniformización es monotonía y pobreza. Lo razonable por tanto es engancharse al patrimonio genético que en esta tierra hemos heredado, gracias precisamente al “tradicionalismo del viticultor”, pues es el que empíricamente se ha adaptado mejor a las circunstancias de suelo y clima en que se desarrolla, tratando de entenderlo  y mejorarlo con arreglo a los tiempos y circunstancias que nos tocan, pues no cabe duda de que esos sustentos cambian, están cambiando de hecho y puede ser que, como dirían los ingleses, dramáticamente. En tal sentido son de agradecer los movimientos de algo tan naturalmente inmovilista como el Consejo Regulador de la DOC al incorporar a la tierra del Rioja variedades minoritarias (Maturana Tinta, Maturana Blanca, Tempranillo Blanco y Turruntés, año 2008), o al reconocer las particulares singularidades de algunos viñedos, (no tanto al admitir variedades foráneas por el solo hecho de tener probado éxito en otras denominaciones).

De esta manera las variedades autorizadas hoy en la Denominación son: Tempranillo, Garnacha tinta, Graciano, Mazuelo y Maturana tinta (para los vinos tintos) y Viura, Malvasía, Garnacha blanca, Tempranillo Blanco, Maturana Blanca, Turruntés, Chardonay, Sauvignon blanc y Verdejo (para los blancos).

Los autores citados, antes de aportar las características ampelográficas de 36 variedades minoritarias en estudio, a las que añaden como anexo por su valor de referencia el omnipresente Tempranillo, manifiestan su preocupación por la grave pérdida de esa diversidad a la que la humanidad asiste, y que en el ámbito vitivinícola puede definirse como uniformización de las plantaciones –en ocasiones atípicas o foráneas-,  uniformizadas a su vez por la exclusividad del tipo de clon o portainjerto. Podríamos decir nosotros que en el ámbito artificial de lo humano la darwiniana selección natural no se produce por la calidad o mejora de las especies, sino por su rendimiento económico inmediato y cortoplacista.

“La preservación de la biodiversidad vitícola presenta tres niveles fundamentales: biodiversidad en los portainjertos, biodiversidad intervarietal y biodiversidad intravarietal (entre biotipos de una misma variedad).”

La configuración de los portainjertos es una cuestión que afecta a la plantación del viñedo; como consecuencia de la invasión de la filoxera, los viticultores hubieron de recurrir a injertar clones o biotipos de la variedad deseada en un portainjerto de origen americano resistente de la enfermedad.  Es este portainjerto el “tronco” que se planta en la tierra, y conforma pues la cepa en la que crecerán los sarmientos. La pérdida de biodiversidad puede aquí producirse por la uniformización de portainjertos y la uniformización de clones, pero no es una cuestión que debamos tratar ahora, ya que aquí vamos a explicar nuestros vinos, y estos hoy proceden de plantaciones viejas o muy viejas, pero todas ellas postfiloxéricas.

 

Portainjerto-plantado

La biodiversidad intravarietal está presente en nuestros varietales de Laventura. La biodiversidad intervarietal está presente en La Nave (pluralidad de parcelas monovarietales, plantadas hace menos de 35 años atendiendo por tanto a la nuevas normas que no permiten la mezcla intervarietal en el viñedo) Y la biodiversidad intervarietal e intravarietal está presente en nuestros viñedos singulares (Barranco del San Ginés). Iremos en sucesivas entregas explicando todo ello.

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