El libro que va a ocupar nuestras próximas entregas literarias es un libro no solo atractivo en cuanto al fondo, el texto digamos -lo cual, especialmente en cuanto a lo que significa la palabra “atraer” a su objetivo: siempre el vino, espero lo sean todos los comentados-, sino también de bella e imponente forma. Es de esos libros que da gusto mirar, tocar, oler…Contribuye a ello una edición muy cuidada con magnífico papel, bella litografía y letras clarísimas, en la que figuran intercaladas preciosas imágenes y retratos mediante fotografías en blanco y negro, que como todo mediano aficionado sabe suelen ser muchísimo más sugerentes que la vida en color.

No es que lo diga yo, sino que lo atestiguan los muchos galardones obtenidos.

Se trata de “Tras de las viñas” “Un viaje al alma de los vinos, escrito al alimón por Josep Roca, el hermano de los vinos de ese trío que ha levantado esa maravilla del arte gastronómico que es el Celler de Can Roca, y por Imma Puig, psicóloga y por tanto persona que sabe mirar hasta adentro. Las fotografías son en su mayor parte de Josep Oliva. Editado por Penguin en septiembre de 2016.

 

El libro recoge doce conversaciones con personas que de una u otra manera hacen vino, fundamentalmente mientras se pasea por sus viñas y ocasionalmente, también mediante visita a sus bodegas.

Lo primero es lo primero y lo segundo debe ser lo segundo. No hay ninguna explicación sobre la elección de los favorecidos, que naturalmente sería innecesaria por obvia, ni sobre los excluidos, lo que respecto de algunos sería más bien complicado, y requeriría seguramente muy laboriosas y dolorosas explicaciones. Qué duda cabe que es el libro soñado en el que a cualquiera que se dedica de una manera u otra a lo mismo le gustaría haber aparecido.

No cabe por tanto hacer ningún tipo de comparaciones con nuestro mínimo proyecto, ni las hacemos, tan solo pretendemos aprender de ellos. Leyendo también se aprende de vino.

Las personas seleccionadas -que son todas las que están, aunque naturalmente no están todas las que son por una simple razón de espacio, pues tan solo las doce escogidas ocupan 380 páginas-, son las siguientes por orden de aparición, pero sin ningún tipo de ordenación:

WILLIAM HARLAN. Harlan Estate. California EEUU. “El valle de Napa, la forja de los sueños.”

 

Nos ubicamos en el Estado de California, para practicar de entrada y sin sonrojo el chovinismo. Fue fray Junípero Serra quien introdujera allí los viñedos el mismo año en que los franceses montaban su conocida revolución (1789).

En Napa conviven dos realidades: por una parte, las tres grandes bodegas – Gallo, The Wine Group y Constellation Wines-, que copan los dos tercios del mercado vitivinícola; por otra, aquellas que aspiran a encontrar su espacio, bien sea por medio del ritual de la excelencia a precios (comparativamente) moderados, bien sea por medio de la autoafirmación de rústica autenticidad. Sobre unas y otras gravitan, por un lado, la Universidad de Davis -lo cual quiere decir que ciencia y técnica están al servicio de la elaboración del vino hasta extremos que asustan a veces a los mismos practicantes, como es el caso-; por otra los puntos de la Guía Parker, tan determinantes de la cifra de ventas y por consecuencia de la misma tipología del vino.

Entre esas “pequeñas” bodegas que han encontrado su hueco, y de qué manera, está Harlan Estate. Bodega familiar, joven pues aún se halla en la primera generación. Con ciertas dudas puede fijarse como fecha de nacimiento el año 1985. El viñedo ocupa unas diecisiete hectáreas (repartidas aproximadamente en: 70%  cabernet sauvignon, 20% merlot, 8% cabernet franc y 2% petit verdot), que se obtuvieron desmontando una finca de unas cien hectáreas, comprada el año precedente en el pequeño valle de Oakville, siguiendo pues los pasos del mítico Robert Mondavi. El proyecto se afianza en 1990 con la incorporación al equipo del no menos mítico Michel Rolland, se consagra con los 98 puntos que Parker concediera a la cosecha 1991, y traspasa fronteras gracias al reconocimiento de su cosecha  de 1994 por Vega Sicilia, en los fastos que se permitió celebrar al cumplir el 150º aniversario de fundación.

Las viñas…

Hay muchas razones para sentirse identificado con muchas de las palabras que en la entrevista expresa el fundador William Harlan, constructor metido a bodeguero (¿rara avis?) a quien solo cabe envidiar el buen gusto a la hora de invertir su dinero (tenerlo es solo un presupuesto):

“…en una copa de vino hay tanta historia, tantos valores…”,

“…el papel del vino es crear un momento, una atmósfera, no el de actor principal…”,

“hay quien elabora vino pensando en recuperar la inversión, nosotros sentimos que el vino nos da vida, nos devuelve vida, nos da más de lo que hemos invertido.”

Aunque sin duda no quiere participar por completo nuestro proyecto del tipo de vino que elabora, según la definición que de él nos da Josep Roca: “El Harlan era y es cuerpo, eclecticismo, tecnología, ciencia, innovación, perfección brillante, limpieza aromática, dulzura táctil, armonía, tecnoemoción y racionalidad.” Sobran por lo menos un par de “tecnos” y una pizca de perfeccionismo para alcanzar la armonía de la humana espiritualidad.

 

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