Panorámica del Ebro a su paso por El Cortijo, Barrio de Logroño. Si aguzáis (mucho) la mirada veréis que acaba de pasar bajo los dos arcos que aún sobreviven del puente romano de Mantible. El meandro ciñe por el norte la conocida Finca de San Rafael, esa llanada rojiza arcillo ferrosa, en la que están los viñedos del Contino (más bien al este) y la Viña del Lentisco (tirando hacia el oeste), y sus respectivas bodegas, así como algunos viñedos más. Esa parte es Álava, en el barrio de Laserna del pueblo de Laguardia.

Al fondo, la Sierra de Cantabria en la que sabréis distinguir ya, hacia el centro, la Picota o León Dormido, y más al este la Sierra de Aras, pues los conocéis de nuestra primera carta. Delante de esta sierra, una mancha verde inconfundible es el Cerro de la Mesa. Obviamente os traerá el recuerdo del Table Mountain, de nuestra historia e imagotipo. En la parte norte de este cerro, escondida por tanto a nuestra vista, está la Bodega Viña Real, también de CUNE como Contino, obra muy interesante del arquitecto francés Plilippe Mazières.

Es uno de tantos meandros del Ebro a los que se refiere nuestro libro.

El libro en cuestión es el de Ignacio Peyró (https://ignaciopeyro.es),  “Comimos y Bebimos. Notas de cocina y vida”, editado por Libros del Asteroide (www.librosdelasteroide.com) en 2018 (*).

 

 

El azar de las lecturas ha querido que empezáramos por él. Contiene unos sesenta artículos, cinco por cada mes del año, salvo un par de meses que tienen cuatro y tres que tienen seis, de los que el vino es protagonista en varios, y artista invitado a la mesa en prácticamente todos.

Un poco antes de que la vida quedara en suspenso, tuve la tentación por razones que no hacen al caso de dedicarme a escribir artículos cortos sobre gastronomía. Un amigo (acaso presunto), por estimularme, me lo regaló, pero su lectura agostó toda mi determinación apenas nacida en la convicción de que nada podía añadir yo a lo que ya estaba tan bien dicho. (Solo queda rastro de aquella intención en un artículo no publicado que premonitoriamente era un “Elogio de lo efímero”; quizás algún día supere el pudor y sea parte de estas letras, porque el objeto del elogio eran precisamente “los higos de viña”, tan fugaces como la vida, tan intensos como ésta).

Aunque lo que paralizó mi voluntad fuera la certeza de que yo carecía de los conocimientos y del don de la palabra escrita del autor para hacer disfrutar a los lectores lo mismo que él me hacía disfrutar, debo reconocer que lo que me encorajinó fue el hedonismo practicante sin complejos de quien según puede verse en la solapa del libro tiene los mismos años que mi hijo. Ya se sabe que lo que de verdad duele son las verdades que de la vida uno recibe. ¡Cuánto tiempo perdido por mi parte!

El vino es protagonista de unos cuantos artículos como digo. Gracias a ellos podremos aprender cómo los poetas se anticiparon a los cardiólogos en el canto a las virtudes que tiene el vino para el corazón –aunque toda inmoderación es insana, perdónese la moralina estomagante-; podremos también participar de las angustias (siempre) y del desborde de besos (con no idéntica frecuencia) que se viven en cada vendimia,  podremos observar  la psicológica relación entre la virilidad y el vino blanco, conocer algún oporto que jamás conoceremos bíblicamente, o apreciar las diferencias entre Burdeos y Borgoña para concluir que es siempre el empeño en las comparaciones lo que impide el disfrute.

Aquí nos referiremos en especial a uno cuyo título hemos tomado como cabecera, y que nos plantea la cuestión hamletiana de ser o no ser un esnob del vino. Esa es la cuestión.

El autor va desgranando los sufrimientos que ser un snob del vino conlleva y frente a los que nos previene. Una suma de pérdidas, de tranquilidad, de dinero, de amigos… un sinvivir en estado de permanente angustia, por el vino que no se podrá probar, por el que se es consciente de probar antes de su debido tiempo y sabe cada vez más a la desazón de cómo nos hubiera sabido entonces, por la acechanza de los corchazos, por las expectativas no consumadas.

No nos vamos a regodear en las angustias. Quien más quien menos ha experimentado que las pasiones tienden a generar más sinsabores que momentos de placer. A pesar de todo, a pesar de todas esas angustias, incluso la del remate final, que es nada menos que la de terminar “escribiendo textos como éste”, “aún así, -generaliza el autor- merecerá la pena” tanto sufrimiento, a cambio de la gloria de esos efímeros momentos.

Ya se sabe que el sentido del humor es la mejor manera de afrontar un ridículo tan inevitable como consciente. Bebamos y disfrutemos del vino, y aprendamos de él y con él. Cuando los conocimientos se ensanchan se ensanchan parejos los placeres, y, claro es, los disgustos por las expectativas no alcanzadas. Pero la tibieza nunca ha dejado recuerdos memorables. No nos retraigamos de practicar los ritos por más aparentemente esnobs que puedan resultar, pero sí, huyamos como de la peste del perfeccionismo, pretensión esterilizante si es el propio y descorazonador si es el ajeno.

En todo caso quizá lo mejor del libro que comentamos es su capacidad estimuladora del hedonismo y de la pasión epicúrea y vital en que nos empapa, y tanto por la sustancia del fondo, cuanto por la inteligencia y originalidad de la forma en que se expresa. ¡Cómo no nos vamos a venir arriba nosotros beneficiarios de “La tierra del Rioja”, cuando leemos:No es en vano que se ha dicho que los mejores vinos del mundo vienen de los viñedos más hermosos del mundo: valle del Duero, Priorato, la Borgoña, el lento meandro del Ebro que ciñe y desciñe la Rioja”! (sic por la ausencia en la cita de zonas míticas como Burdeos, Toscana o las laderas del Etna. Sea a mayor bendición de las incluidas, que son y están).

En la pequeñez de la nave donde elaboramos nuestros vinos, sita en un polígono industrial no más feo que cualquier otro, al que solamente prestigia la presencia de una bodega de renombre, “Olarra”, hemos escrito, como nuestra web cuenta: “Si no podemos comprar un Château en Burdeos, ni heredar tierras en la Borgoña, lo único que nos queda es demostrar que en esta nave se puede hacer un Rioja, tan buen vino al menos como los de allí”. Obviamente tan bueno no quiere decir igual. Somos Rioja, amamos nuestro tempranillo y no pretendemos en absoluto que se parezca al cabernet o al pinot noir.

Y con ese impulso que tras la estimulante lectura nos desborda, estamos prestos a afirmar, también sin complejos, que «El Barranco del San Ginés 2015” es, ahora más que el tiempo lo ha afinado, un vino comparable al mejor que en dichas regiones se pueda producir, siempre que se beba con no menor convicción y espíritu de los empleados para degustar los mitos (accesibles).

 

Barrica del Barranco del San Ginés

Botella del Barranco del San Ginés reposando sobre una barrica de roble francés.

(*) Perdóneseme este interruptus que tiene mucho de esnob (DRAE: “Persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquéllos a quienes considera distinguidos”) o acaso (también) de pedante (DRAE: “Dícese de la persona engreída que hace inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad”), pero no puedo evitar que tal título del libro me recuerde, quizás no gratuitamente, a las “Notas de vida y letras” de Joseph Conrad. Seguramente no tendré otra ocasión de sacar a colación en estas cartas, cuyo contenido tiende a lo enológico, a este escritor, a quien profeso veneración y no tanto porque sus novelas me abdujeran en la adolescencia y me alivian la senectud, sino porque ¡maldita sea! empezó a aprender inglés pasados los veintitantos, con un obvio aprovechamiento que a mí me huye.

Leída al final, donde se ubica, esta nota interruptora, nos sirve también para opinar modestamente que el autor del artículo comentado, caso de ser además autobiógrafo, no es, en puridad de diccionario, “esnob”, ya que todo lo que nos dice es de su cosecha, sin afectaciones ajenas, ni es tampoco “pedante”, ya que su erudición no es engreída, ni resulta inoportuna o vana. Todo lo más podría ser tildado de “friki” (DRAE: “Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición”). El concepto se entiende bastante bien;  si como dice el autor, en todo caso de invitación a comida o cena te empeñas en llevar tú el vino (porque te temes el que te van a dar), te personas una semana antes para rogar, exigir, controlar que el vino repose en situación adecuada que evite posos revueltos y calenturas, y procuras en su momento acaparar la botella so pretexto no confesado de que sólo tú la entiendes, eres un auténtico friki, y quizás puedas incluso sentirte orgulloso de ello.

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